Derechos humanos‘sadiya’, 3er premio del concurso de relatos tantaz tanta

‘sadiya’, 3er premio del concurso de relatos tantaz tanta

El relato de Jorge Juan Codina Ripoll, titulado ‘Sadiya’, ha obtenido el tercer premio en el concurso de relatos breves organizado por medicusmundi Araba y Alboan gracias al apoyo del Servicio de Cooperación del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, con motivo del Día Mundial del Agua que celebramos cada 22 de marzo. A continuación os dejamos el relato.


SADIYA

Si Dios, existiera, bendeciría, a África, con lluvia. Si Dios, existiera, bendeciría, a África, con lluvia. Si Dios… Al ritmo de la cantinela, Sadiya mueve los piececitos descalzos. Los dedos se hunden en la tierra fresca, nocturna, y sus huellas, apenas perceptibles en el suelo polvoriento, escriben otro día la historia de sus madrugones y caminatas diarias hacia el pozo sobre la piel reseca del territorio Kanembu. Porque eso es Kanembu: una tierra reseca. En Chad.


La noche todavía cubre la sabana, donde solo el murmullo monocorde de la naturaleza quiebra el silencio. La estrella Antílope, la que huye del Sol Cazador, empieza a camuflar su brillo entre el azul matutino del horizonte inalcanzable. Los cántaros que lleva consigo, equilibrados en una vara de acacia sobre sus pequeños hombros, se zarandean obedientes: si Dios, existiera, bendeciría… El peso no solo se siente en sus músculos, sino también en las marcas de su piel, como un mapa que revela senderos de tiempo y esfuerzo.


La brisa que anuncia la aurora acaricia su rostro y despierta los primeros murmullos de las hojas de los árboles, como si se contaran secretos entre ellos. A Sadiya le centellean los ojos, oscuros de noche africana bajo la luna llena poniente, oscuros del cansancio de la jornada anterior y de la que está por comenzar; las ojeras sombrean su rostro infantil y resumen el desvelo cuidando de su madre enferma, mientras el resto del mundo sueña. Avanza con la valentía que solo los niños de la sabana conocen. Cada sonido, desde el rugir distante de las fieras hasta el crujir de los arbustos, es parte del canto ritual del amanecer, pero la mantienen alerta. Dejar los cántaros en el suelo sin romperlos, dar un tirón de la vara puntiaguda y empuñarla son movimientos entrenados muchas veces. «Solo tendrás una oportunidad de hacerlo bien y a tiempo ante unas fauces hambrientas», decía él. Han pasado cinco estaciones desde que padre se fue. Europa, babeante, la bestia de la fortuna, si la sometes, estaría emboscada, esperándolo con las fauces abiertas.


La penumbra revela en su silueta las primeras secuelas de su rutina de madrugada: su espalda no tan erguida, callos en las plantas de pies y manos, pellejos rojizos por el roce de las cuerdas, cabeza con leve inclinación… cuentan la historia de miles de pasos recorridos en busca de agua hasta el pozo Taoukana. Sadiya, sin embargo, no se doblega ante las marcas; las lleva con la dignidad de quien entiende y acepta su sacrificio, por gratitud hacia su madre y en tributo a la tierra que las sustenta: ellas también son Kanembu.


Sadiya, con movimientos diestros aprendidos en cientos de viajes similares, llena los cántaros. Algunas gotas caen de nuevo al pozo y resuenan a supervivencia, sonido de esperanza en la tranquilidad de la sabana.


De regreso a casa, la aurora se pinta de tonalidades cálidas. Pero en el rostro de Sadiya, aunque iluminado por la luz naciente, persiste una sombra de preocupación. La caminata hasta el pozo es solo el preludio de un día de desafíos y responsabilidades.


La piel curtida por el sol y el viento, la sequedad perenne en los labios, las arrugas prematuras, la mirada profunda que refleja la madurez forzada, todo en Sadiya es cicatriz de lucha y resistencia.


En la aldea, Kaltouma, su madre, espera con paciencia. La enfermedad ha desgastado su cuerpo, pero sus ojos todavía brillan como la estrella Antílope, con un amor que solo las madres kanembu conocen. Sadiya, aunque fatigada, se acerca con los cántaros llenos. En otra tierra, las lágrimas, mezcla de agotamiento y devoción, se deslizarían por las mejillas de la niña.


Mientras pastorea las cabras, antes de que el sol y las moscas abrasen, la muchacha fantasea con evitar la caminata al pozo algún día. Bajaría por el desfiladero hasta el valle Nzuri, e iría a la gran cabaña de las siervas blancas de Dios. No para asistir a la escuela: en Kanembu, si has sobrevivido hasta las nueve siembras, es porque ya sabes lo suficiente. Ni por los curanderos y sus medicinas que Kaltouma no acepta. Solo les diría a las siervas que, si su señor Dios existe, le pidan que bendiga a África con la lluvia. Solo eso. Si Dios, existiera…

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